lunes, 3 de octubre de 2011

Espejos cercanos

Hoy plagio una excelente columna de Victoria Prego, que con la excusa de critica al libro de Pedro J. Ramírez, nos desgrana el nacimiento de los movimientos totalitarios. Movimientos que al grito de "quien no esta conmigo esta contra mí" y envueltos en la bandera de la democracia y la defensa del pueblo, no dudan en usar la violencia, verbal y/o física, para intimidar al oponente.




Ilustración: "Las armas de los radicales"

Espejos Cercanos por Victoria Prego

"Un granuja y un lunático encabezan el pequeño grupo de sans culottes...". Así comienza el estremecedor relato del libro de Pedro J. Ramírez, El primer naufragio, sobre la insurrección de los radicales revolucionarios franceses contra los miembros más moderados de ese mismo movimiento revolucionario y contra la propia representación parlamentaria del pueblo que, por primera vez en Europa, había sido elegida por sufragio popular.
Estamos en Francia en la primavera de 1793 y lo que sucede en París inmediatamente después de que el rey Luis XVI haya sido guillotinado y durante los siguientes cinco meses hasta que el golpe de Estado jacobino triunfa sobre los intentos de que la ley sobreviva y se imponga a la voracidad de las sangrientas reclamaciones del pueblo, está relatado en este libro con una minuciosidad y una cercanía que sobrecoge.

Y no sólo sobrecoge por lo descarnado del paisaje general que resulta de sumar el conjunto de situaciones y diálogos fidelísimamente rescatados de aquel tiempo y traídos hasta hoy prácticamente sin pasar el filtro de la interpretación histórica. También porque, a lo largo de la crónica del desarrollo de aquella ciclópea tormenta política cuya fuerza fue capaz de desgarrar y destruir cuanto encontraba a su paso, se abren, no una, sino muchas veces, ventanas que nos devuelven súbitamente a nuestros días y nos muestran hasta qué punto muchos de los errores, abusos, manipulaciones, traiciones y crímenes de motivación política que se dieron entonces se siguen reproduciendo en versiones varias 200 años después.

En el París de 1793 los enragés partían de una visceral desconfianza hacia los representantes elegidos por sufragio masculino porque, atención, no se sentían representados por ellos. Los más radicales de los revolucionarios republicanos pensaban además -y tenían un buen puñado de líderes ilustrados dispuestos a traducir con tanta pompa como demagogia tales ideas- que todos los diputados, especialmente los moderados, eran sospechosos de indignidad. Sólo el pueblo, pero el pueblo en la calle, preferiblemente armado, estaba moral e históricamente facultado para ejercer el necesario contrapeso al abuso de poder y al despotismo al que inexorablemente habían de tender sus representantes.
Las sucesivas generaciones de esta parte del mundo han pasado por infinitos avatares desde entonces, siempre mediando la guerra, el miedo, la opresión, la indignidad y la sangre. Europa ha atravesado el siglo XX azotada por todas esas tempestades. Y he aquí que ha llegado al siglo XXI con una inmensa proporción de ciudadanos indignados, completamente ajenos a la violencia que acompañó los movimientos políticos de décadas pasadas, pero con la misma desconfianza hacia los representantes populares a quienes, una vez más, los enragés contemporáneos niegan precisamente la autoridad política y moral para ejercer esa representación.

Es llamativo el que, 200 años y muchos Parlamentos después, una porción de nuestro pueblo soberano adopte el mismo adjetivo para definir su posición. Durante la Revolución Francesa tal actitud se impuso, de grado o por la fuerza, como la más patriótica, la más puramente revolucionaria. Hoy es esa misma rebeldía popular la que se otorga el título de la más pura y democrática.
Se repiten también las traiciones. Traición, por ejemplo, a la voluntad de la mayoría silenciosa, esa que habitualmente no vocifera y que retrocede ante las amenazas, presa del pánico a su desautorización moral, cuando no a la persecución y al castigo. Traición a la ley que, en el París revolucionario, permitía al «hábil, brillante y venal» Danton defender la legalidad republicana y erosionarla a la vez.

Traición a los grandes argumentos y valores de un modelo naciente de sociedad, que en 1793 reflejan las palabras del diputado moderado Vergniaud, perteneciente al sector de los que luego recibieron el apelativo común de girondinos: «Es importante saber si el que venga a la Convención a hablar de orden y justicia se expone a ser asesinado a la salida». ¿En cuantas ocasiones, después de la brutal y descarnada Revolución Francesa, sorprendentemente mitificada como modélica en el alumbramiento y consolidación de la defensa de las libertades y de la igualdad, ese mismo peligro de muerte se ha cernido en la Europa contemporánea sobre ciudadanos templados, moderados, defensores de la ley y respetuosos de las vidas ajenas?

ORWELL, 1793
Los sucesos del París revolucionario resultan así ser un espejo replicado hasta el infinito en el que los gorros frigios de escarapela tricolor se reflejan en los siglos posteriores con forma de sombreros de ala flexible, de gorros de piel con estrellas rojas de cinco puntas o gorras de plato con cruces gamadas. Y en ese espejo es en el que comprobamos que Orwell llegó demasiado tarde a nuestras vidas y a nuestros pensamientos. Ahí estaban, por ejemplo, en el año 1793 y sucesivos, los parisinos enragés practicando lo que llamaron la «fraternización», actividad que consistía, explica Ramírez, en «invadir cada asamblea a la que acudían personas amantes del orden» con la intención de imponerse sobre ellas y convertir ese asalto «en un disuasorio despliegue de la razón de la fuerza». De modo que el buen patriota viera triturada su esperanza de ordenar la vida pública, y se supiera vencido además de estigmatizado como intrigante o como terrorista. Y en peligro, por lo tanto, de ir a prisión y a la guillotina.

Allí está la creación del quintacolumnismo como coartada para el exterminio. Una idea puesta a punto por el pulcro Robespierre y secundada con apasionada saña por los radicales sedientos de sangre habituados a bramar de alegría ante los anuncios de condenas a muerte de «enemigos del pueblo»: «No es suficiente», advierte El Incorruptible, «que paremos el avance de los contrarrevolucionarios. Tomemos medidas [también] contra los cómplices de los rebeldes... Es preciso impedir que los enemigos de la libertad, sea cual sea el nombre que adopten, abogados, nobles, financieros o curas, puedan destruirla... Cuando la patria está amenazada, un hombre sospechoso es un monstruo». En el espejo de este primer naufragio de la democracia moderna se apiña todo lo que luego hemos visto y repetido: la propaganda como instrumento de manipulación, la grandilocuente llamada a los principios para enmascarar matanzas, la demonización del disidente, la implacable crueldad de quienes, entronizándose como poseedores de la verdad, se proclaman defensores de la patria, del pueblo y de la vida.

Y así es cómo ese espejo multiplicado nos enseña hasta qué punto, repitiendo equivocaciones y desmanes, yendo de fracaso en fracaso y tratando de reponerse después, la humanidad avanza. Penosamente, pero avanza.

Victoria Prego en Crónica

>EL PRIMER NAUFRAGIO
Pedro J. Ramírez
Editorial: La Esfera de los Libros.



-- Desde Mi iPad

sábado, 1 de octubre de 2011

¿El fin de ETA?






Desde hace más de un año, recurrentemente aparecen noticias de un cercano fin de ETA. Tan es así, que muchos pensábamos que, como era la única baza electoral que podría usar Rodriguez Zapatero para salir re-elegido, había un pacto ETA-PSOE para anunciar el fin negociado de ETA. Con su renuncia a presentarse como candidato del PSOE, esta teoría se desmorono. Pero desde hace unos días, esta teoría empieza a tomar fuerza con los pasos que esta siguiendo ETA y el Lendakari López.

El fin de ETA es un objetivo tan deseado por los españoles que haría entrar en la Historia con mayúsculas al Presidente que lo lograse, y eso parece nublar la vista y el entendimiento a muchos políticos.


Sin embargo, parece que ninguno de ellos ha aprendido que:

1- El fin no justifica los medios: por mucho que el objetivo sea loable y beneficioso para la Sociedad, los asesinos tienen que saldar sus deudas con la Justicia, la Sociedad y con los 839 asesinados.

2- ETA nunca admitirá la derrota; es decir, nunca dejará las armas sin condiciones previas. Basta con repasar las hemerotecas de negociaciones previas con ETA; la mayoría de los Presidentes del Gobierno de la Nación sucumbieron a los cantos de ETA.

3- ETA, como la serpiente de su logo, muerde siempre a la mano cándida que se acerca para ser su amiga.

¿Por qué ETA no va a abandonar las armas sin condiciones previas?

La respuesta es a la vez sencilla y complicada.

En la resolución de problemas complejos existe la máxima que la solución sencilla suele ser la acertada; y ¿cuál es la respuesta sencilla?

ETA no puede dejar la armas sin previamente haber negociado de "tu a tu" con el Gobierno de la Nación porque supondría:

1- Admitir que el sacrificio de los presos de ETA ha sido en balde, hay que tener en cuenta que la banda ha exigido siempre a los presos no acogerse a beneficios penitenciarios.

2- Que los 40 años de "lucha armada" no han servido para justificar la consecución del objetivo principal, la independencia.

3- Admitir la superioridad moral del Estado de Derecho y la democracia.

4- Admitir que estaban equivocados.

En definitiva, admitir la derrota militar, moral y ética.

¿Por qué no podemos admitir como sociedad ninguna solución que no pase por la derrota sin condiciones previas del terrorismo?

Pues sencillamente porque supone:

1- Igualar la legitimidad de los terrorista a la de la democracia

2- Que las víctimas de los terroristas son iguales que los terroristas muertos

3- Que la muerte de 839 personas inocentes no merecen Ley y Justicia. Y esto es muy grave ya que, las víctimas no buscaron venganza y justicia privada, sino que delegaron su sed de justicia en el Estado de Derecho, con la esperanza que este persiguiera, apresase, juzgase y encerrase a los terroristas, demostrando así una superioridad personal, moral y democrática frente a sus verdugos.

4- Que le puedes echar un órdago al Estado de Derecho y salirte con la tuya. Asumir esto es destruir los cimientos del Imperio de la Ley que rige nuestro ordenamiento jurídico.

Así se daría la paradoja de que los asesinos se paseen por la calle libremente, reciban homenajes y sean aclamados como luchadores vascos (gudaris), mientras a Irene Villa nadie le devolverá sus piernas ni su juventud; a los hijos del matrimonio Jiménez-Becerril (Ascensión -9 años- Alberto -6 años- y Clara -5 años-) no les devolverán la posibilidad de jugar con sus padres, contarles que han hecho en el colegio, comentar sus amores y desamores, etc. Y así, 839 seres humanos que vieron sus vidas, esperanzas, sueños y vivencias truncados por la barbarie de los que, en nombre de la libertad del pueblo vasco, se erigieron en jueces y ejecutores, en dioses que dan o quitan la vida.




Fuente de la gráfica: wikipedia

Esta forma de entender el fin de ETA no significa que hay una cerrazón a la negociación, a la clemencia y al indulto de los terroristas; todo es negociable, pero partiendo de cuatro puntos irrenunciables:

- Entrega incondicional de las armas

- Entrega a las autoridades judiciales de todos los terroristas buscados por la Justicia

- Declaración de ETA asumiendo sus asesinatos y pidiendo perdón a las víctimas y a la Sociedad por el daño causado en estos 40 años de terror.

- Renuncia a cualquier objetivo político que no este dentro de lo establecido en la Constitución Española


A partir de ese momento, se podría empezar a negociar políticas de perdón, reinserción y legalización de los terroristas y su entorno político.

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